lunes, 18 de octubre de 2010

CRITICA DE "LA FIESTA DEL CHIVO"

UN DICTADOR

El autor de La ciudad y los perros escribió contra la opresión, el fanatismo, la injusticia y la corrupción; males que, transfigurados, dieron origen a lo mejor de su literatura
Enrique Krauze


La Era de Trujillo fue una época de crímenes, asesinos, torturadores, y celestinos; fue una época de servilismo, intrigas y miedo; una época donde el “Jefe” hacía lo que le daba la gana, y tenía una corte de marionetas que no lo cuestionaban para nada; fue una “Era Gloriosa” donde se mataron a miles de haitianos en la famosa matanza de 1937, y se ofrendaban las mujeres para que Trujillo hiciera galas de su machismo ególatra sin ningún tipo de miramientos.

“ El jefe cortó el nudo gordiano: -Basta!
- A grandes males, grandes remedios! No solo justificaba aquella matanza de haitianos del año treinta y siete; la tenía como una hazaña del régimen ¿No salvo a la República de ser prostituida una segunda vez en la historia por ese vecino rapaz? ¿Qué importa cinco, diez, veinte mil haitianos si se trata de salvar un pueblo?
(Vargas Llosa. Pág. 4). ”


Mario Vargas Llosa con La fiesta del chivo, nos muestra, con toda su cruda realidad, la conducta de la dictadura militar de Trujillo, en la República Dominicana y su terrible influencia en la sociedad de ese país.
Esta obra nos sumerge en la dimensión macabra del mismo; revelando las atrocidades cometidas por el régimen a través de la vida íntima de Urania, hija del destituido senador Agustín Cabral por el caprichoso accionar del dictador. La sensible historia de Urania nos introduce en la personalidad desquiciante del dictador, y a través de su relato, anexado a otro narrador yuxtapuesto, nos adentramos poco a poco hasta el fondo de la dictadura de Trujillo y sus efectos.
También aparece la figura de la hija de Agustín Cabral, con una ulterior formación democrática y, en consecuencia, con otra visión del mundo, va juzgando paso a paso la conducta de los colaboradores del régimen trujillista. Hay momentos de extraordinaria creación artística, como cuando las palabras de Urania son interrumpidas por un párrafo en el cual ella misma cree ver la escena:

“Siente frenar el automóvil a la puerta de la casa. (...) percibe a través de los visillos los cromos relucientes, la carrocería lustrosa, los reflejos relampagueantes del lujoso vehículo (...) la muchacha del servicio asoma por la puerta entreabierta:
-Ha venido a visitarla el Presidente, Señora, ¡el Generalísimo, señora!
-Dile que lo siento pero no puedo recibirlo. Dile que la señora Cabral no recibe visitas cuando Agustín no está en casa. Anda, díselo. (Vargas Llosa Pág.: 73-74).”


Existe un plano caracterizado por la presencia de recuerdos. Casi todos ellos relacionados con la vida del dictador. Esta urdimbre de recuerdos toma otra concreción en una realidad representada por el Presidente Balaguer. Tal personaje funciona como un puente entre la mnemotecnia, es decir, aquel procedimiento de asociación mental para facilitar el recuerdo de algo; y la realidad que irrumpe con el ajusticiamiento del dictador, el 30 de mayo de 1961. Tal característica lo transforma también en puente entre la dictadura y el proyecto de democratización del país. Igualmente, instaura otra era: la suya, la era Balaguer, ya que, además de haber sido Presidente títere, fue después inimaginablemente Presidente electo durante seis períodos.
Pero, a mi juicio, lo más importante de este plano narrativo es la expresión de ciertos contenidos conceptuales que reflejan las inmensas contradicciones de la élite gobernante. En un diestro juego de la primera y la tercera persona narrativa, por parte de Vargas Llosa, el Generalísimo evalúa un momento crítico de su estadía en el poder.

“-A la disciplina debo todo lo que soy- y la disciplina se la debía a los marines (...) ¿Había tenido Estados Unidos un amigo más sincero que él los últimos treinta y un años? ¿Qué gobierno lo había apoyado más en la ONU? ¿Cuál fue el primero en declarar la guerra a Alemania y al Japón? (...) El pago: las sanciones económicas de la OEA, para dar gusto al negrito de Rómulo Betancourt y seguir mamando petróleo venezolano. Si Johny Abbes hubiera hecho mejor las cosas y la bomba le hubiera arrancado la cabeza al maricón de Rómulo, no habría sanciones y los gringos pendejos no joderían con la soberanía, la democracia y los derechos humanos.” (Vargas Llosa Pág. 27-28).

Después de leer la obra, y realizar una investigación sobre el contexto en el que se produjo; entendí mejor nuestra idiosincrasia; comprendí mejor de donde proviene nuestro miedo a los jefes, y nuestros deseos soterrados de mandato; comprendí nuestra propensión a callar ante las injusticias, entendí mejor de donde viene nuestra disposición al servilismo y a la adulación; a ser “limpiasacos”, y a considerar a nuestros gobernantes como designados por la Providencia Divina; en vez de suponer que son simplemente servidores públicos.

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